La Comisión Europea se apuntó un nuevo tanto el viernes en su larga batalla contra los abusos de mercado de las grandes tecnológicas: multó a Google con 2.950 millones de euros por aprovecharse de su hegemonía en la publicidad digital y le pidió propuestas para remediarlo o tendrá que vender parte de su negocio. La sanción se retrasó porque en el camino se han cruzado el conflicto arancelario y las amenazas del presidente estadounidense, Donald Trump. Al final, la firmeza del departamento de Competencia se ha impuesto a las vacilaciones de otras áreas del Ejecutivo de la UE. Era necesario que fuese así si se quiere dejar claro en Washington que la soberanía europea y las normas que emanan de ella no se negocian.

El gigante tecnológico estadounidense ostenta el dudoso honor de ser la empresa con las multas más altas en la historia de la UE: 11.200 millones en total. Pero esto no ha podido doblegar su actitud. “Ha habido multas muy cuantiosas que no han llevado a un cambio de comportamiento de estas empresas”, admitió Teresa Ribera, vicepresidenta de la Comisión y responsable de Competencia, hace unos meses cuando anunció una sanción a Apple y Meta.

No es difícil entender por qué las multas han sido poco resolutivas: la filial de Alphabet ganó unos 85.000 millones de euros en 2024 e ingresó unos 300.000 millones. Frente a estos números, la multa conocida el viernes resulta pequeña, impuesta tras más de cuatro años de investigación, y será recurrida ante los tribunales, que también tardarán varios años antes de pronunciarse de forma definitiva. Por eso, la asociación de editores europeos, denunciantes de este caso, dijeron nada más conocer la sanción que “Google simplemente lo considerará un coste empresarial”.