“Ya me ha llegado el burofax”, le dice desesperada la profesora de Filosofía a la puerta de su vecino. No a él, a quien no conoce, sino a la puerta. El vecino en cuestión, que tiene la música a todo volumen, no responde. Ella, especialista en Kant, no era la protagonista habitual de la ficción contemporánea. Está 100 metros más adelante del medio del camino de la vida, sola a los 50, gana una miseria como profesora asociada y, sí, ha recibido el burofax: tiene una semana para dejar el piso donde ha residido durante 15 años, tic tac, tic tac, y necesita buscar otro lugar para vivir con un sueldo que solo le permitirá pagar, y con suerte, y gracias, un cuchitril, porque apenas hay oferta y nos los quitan de las manos. Este es el planteamiento inicial de El imperativo categórico, la obra de Victoria Spunzberg que acaba de ganar un merecidísimo Premio Nacional de Literatura Dramática y pronto se representará en el Teatro de La Abadía. Se estrenó el año pasado en catalán, porque esta es la lengua literaria de la dramaturga argentina, y lo petó. Spunzberg la escribió mientras buscaba piso. Un día, al constatar la distancia entre lo que veía en las fotografías de los portales inmobiliarios y lo que luego le ensañaban los comerciales, decidió que los grabaría con el teléfono para registrar ese lenguaje de oferta, demanda y barbarie, y reconvertirlo en una sucesión de escenas grotescas. Esas escenas kafkianas de la obra son cada vez más una cotidianidad realista. Ella trabaja y no tiene dónde vivir mientras le cantan las virtudes de un loft molón que es una ratonera. En esta vida precaria, a través de ella, vemos cómo empieza a prender la llama.
Nadie apaga el incendio de la vivienda
La desproporción entre la subida de los salarios y la subida del alquiler es la curva más previsible de la economía española






