“Mi relación con las drogas? Mmm… La normal. O como diría mi abuela: ¡Con método!”. Ese instante de duda, la respuesta y una gran carcajada dan las primeras pistas de quién es Alba Flores (Madrid, 38 años). Es la misma que dice: “Vamos a jugar un poco, ¿no?”, y se estira el jersey tapándose la cara sin que Miguel Reveriego, autor de las fotografías de esta entrevista, se lo pida. La misma que, a continuación, atiende a las instrucciones para la siguiente pose y acepta una propuesta que ella misma modificará ligeramente, justo antes del disparo. Después, durante una pausa en la que su equipo y el de El País Semanal observan cómo está quedando la sesión de fotos, ella los espera apoyada en la pared, chasqueando los dedos. Un, dos, tres.

A ese chasquido, los flamencos lo llaman pitos y, con ellos, la actriz provoca que todos giren la cabeza hacia ella. También el fotógrafo, que acude a captarla. Alba Flores llega a la entrevista sin joyas y sin joyas se retrata. Aguanta la pose, mira de soslayo, desafiante y con su forma de mirar, más que seducir a la cámara, parece ponerle límites. Los suyos. “Hay artistas que en estas sesiones lo pasan mal porque tienen que dar una imagen que no los representa. Fotos y entrevistas no son la parte favorita de mi trabajo, pero intento hacerlo a mi manera, sentirme yo”.