Poco después de firmar la Declaración de Independencia en 1948, David Ben-Gurión, su legendario fundador y primer ministro, sintetizó en una frase la dificultad que entrañaba la construcción de un Estado para los judíos: “Nadie sirve a los pueblos los Estados que reclaman en bandejas de oro”, sentenció ante la dirección del socialdemócrata Mapai (Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel). Según su biógrafo, el historiador Tom Segev, “esperaba que los ejércitos de los países árabes vecinos invadieran Israel para destruirla, creía que los israelíes podían vencer y confiaba en su propia capacidad para llevarlos a la victoria, pero pensaba también que los costes serían muy elevados”. Pero finalmente veía “el establecimiento del Estado como ‘la recompensa por la matanza de millones de judíos’ en el Holocausto”.

Tal idea, cruda y lúcida expresión de realismo político, quizás tenga alguna actualidad para los palestinos. Nadie les regalará el Estado que demandan, tal como demuestra la larga historia de su reivindicación desde 1948, el altísimo y por el momento inútil precio pagado en sangre, destrucción y dolor, y la creciente degradación del marco jurídico e institucional internacional que todavía sostiene sus derechos, los individuales a la vida, la salud, la educación, la propiedad o la vivienda, y los colectivos a la autodeterminación de la nación palestina sobre los territorios de Gaza y Cisjordania. Si la reflexión de Ben-Gurión sobre la experiencia del pueblo judío fuera de validez universal, habría que deducir que cuanto más cerca se hallen los palestinos de su aniquilación más se aproxima el momento crucial en que las matanzas sufridas puedan recibir la recompensa del Estado anhelado.