El Bolero es una máquina. Así definió Maurice Ravel su composición más célebre en una carta a su amiga Georgette Marnold: “Una obra sin música, sin composición: solo un efecto orquestal”. Esta fascinación por lo mecánico inspiró el inicio del reciente biopic de Anne Fontaine (disponible en Filmin) y también a la Orquesta Nacional de Francia bajo la dirección de su futuro titular, el suizo Philippe Jordan, el pasado jueves 4 de septiembre.

La interpretación del ostinato rítmico, admirablemente controlado por el percusionista Emmanuel Curt, brilló por los excelentes solos de viento madera y metal, junto a la solidez sonora de los minutos finales. Un colofón digno para una de las principales citas del Festival Ravel en San Juan de Luz, la localidad vascofrancesa colindante con el pueblo pesquero de Ciboure, donde nació el compositor hace 150 años.

La velada tuvo lugar en la iglesia de Saint-Jean-Baptiste, donde Luis XIV se casó con la infanta española María Teresa de Austria en 1660. Un templo de traza gótica y porte barroco, con las características galerías de madera superpuestas y los exvotos pesqueros propios del estilo vascofrancés. Y a pocos metros de la sencilla casa donde Ravel pasaba sus veranos, dominada por una gigantesca glicinia, en la confluencia de las calles Tourasse y Gambetta.