En un martes en la Arena México, pelean —de dos a tres caídas— dos realidades distintas. En las primeras filas, donde se concentran los turistas, los teléfonos se levantan para seguir el vuelo de los luchadores y las hazañas se comentan en inglés, francés o japonés, mientras que en las gradas llueven los insultos, piropos y abucheos propios de los aficionados locales y conocedores. La escena refleja algo que ha cambiado recientemente: la lucha libre, un entretenimiento que nació en los barrios populares de Ciudad de México, se ha convertido en un atractivo turístico y cultural de alcance global. El golpe de fama del último año ha atraído a un público más diverso, aumentado las ganancias y transformado la forma de pelear, pero también ha incrementado los precios y desplazado a sus seguidores habituales. Este espectáculo, así como la vivienda, los barrios y algunas otras atracciones, lucha contra la gentrificación de la capital.
Rodolfo Hernández atiende la taquería estratégicamente ubicada frente al recinto en la colonia Doctores: “Esto es la locura. Antes venía la gente de siempre y ahora llegan extranjeros, famosos o personas importantes con guardaespaldas”, describe con emoción el hombre de 63 años, que ha dado cuenta de la popularidad del deporte en sus ingresos. Fuera de su negocio se estaciona Turiluchas, el autobús de dos pisos en el que llegan los foráneos a los que se refiere Hernández: bajan europeos, asiáticos y norteamericanos enmascarados. Entre fotos, el guía los introduce al arte de los gritos y chiflidos y les pide hacer una elección que no hay que tomarse a la ligera: “¿Técnicos o rudos?”.







