Cuando las personas entraban a Villa Grimaldi, la visión se reducía a lo que podían distinguir por debajo de la venda que les cubría los ojos. La venda los acompañaba en la celda, en la sala de tortura, en el camino hacia el baño. Les impedía ver el rostro de sus verdugos, pero también a las otras personas detenidas. Lo único que distinguían bajo el trozo de tela amarillenta y ensangrentada eran sus pies, las baldosas, la gravilla del jardín.
La venda estaba pensada como un elemento más de tortura y se convirtió en un símbolo del cautiverio en los centros de detención y tortura de la policía secreta de la dictadura chilena, la DINA, donde las personas permanecían vendadas días, semanas o meses. Diana Arón estuvo siete semanas. Tenía 24 años y militaba en el MIR. Cuando fue detenida y trasladada a Villa Grimaldi en noviembre de 1974, estaba herida y embarazada. Esto no impidió que fuera torturada y posteriormente asesinada por el oficial del Ejército Miguel Krassnoff, quien, según el testimonio de otro de los torturadores que participó, se ensañó especialmente con ella porque era judía.
Hoy, una placa la recuerda en el Parque por la Paz Villa Grimaldi, el primer centro de detención y tortura del Cono Sur recuperado para la memoria. Muchas preguntas que se plantearon en 1994, cuando fue expropiado, siguen hoy abiertas. ¿Cómo se convierte un lugar de exterminio en un sitio de memoria? ¿Qué hay que decir y qué no? ¿De qué manera se articula la relación entre el pasado y el presente? ¿La impunidad dialoga con la memoria?






