Hace 20 años que un presidente no entrega el poder a un sucesor del mismo signo político. La ciudadanía, alejada de los partidos y desconfiada de las instituciones, castiga a los mandatarios salientes
Este domingo se celebran las presidenciales en Chile, junto a las parlamentarias, y la sombra del péndulo chileno sobrevuela los resultados. Hace 20 años, en 2006, que un presidente no le entrega el poder a un sucesor de su mismo signo político. Fue con Ricardo Lagos, socialista, que pasó la banda presidencial a Michelle Bachelet, socialista también, que había sido su ministra de Salud y Defensa. Desde entonces, izquierda y derecha han gobernado Chile intercaladamente, como si los electores -enrabiados y desconfiados- castigaran a los incumbentes y siempre apostaran por un cambio. En estos comicios, por lo tanto, todo parece indicar que los vientos corren a favor de las derechas, aunque no de cualquiera: de la ultra de José Antonio Kast, que corre como favorito para quedarse con la Presidencia 2026-2030.
No se trata de un destino predicho: el Gobierno de Gabriel Boric, progresista, liderado por una nueva generación de izquierda, joven, no ha logrado convocar a las grandes mayorías y ha mantenido un firme, pero estático, 30% de respaldo que no sirve para ganar una elección. Las expectativas eran infinitas al comienzo de la Administración, un búmeran. Tiene, a su vez, altas tasas de rechazo, del 62% de acuerdo con la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP).










