Pocos días después de publicar El consentimiento, el libro en el que relataba la relación que mantuvo de adolescente con el escritor Gabriel Matzneff —cuando ella tenía 14 años y él, 47—, Vanessa Springora (París, 1972) sufrió un revés demoledor: la muerte repentina de su padre, víctima de un infarto. “Me convencí de que era mi libro el que le había matado”, confiesa cinco años más tarde en su piso de París, una antigua confitería convertida en espaciosa planta baja, en una calle a medio gentrificar del barrio de Belleville.
La sospecha no era del todo descabellada. En el libro, todo un fenómeno social que vendió 300.000 copias en plena pandemia y fue traducido a 30 países, no había sido indulgente con su progenitor. Springora lo retrataba como un padre maniático y misántropo, un “tirano doméstico” que maltrató a sus tres esposas, hasta que desapareció y dejó en su vida “un vacío insondable”. Un narcisista enfermizo, obsesionado con su aspecto físico hasta lo indecible, mitómano en el sentido clínico del término y siempre proclive a la fabulación, que fue incapaz de protegerla ante los abusos padecidos. Responsable de comunicación y marketing para varias empresas, se presentó durante gran parte de su vida como agente secreto del Gobierno francés.






