Hay lugares hermosos que no consiguen estar en paz. Y el hotel Formentor, el sitio idílico donde Camilo José Cela creó un premio literario, Fulgencio Batista se refugió de la revolución cubana, María Callas y Aristóteles Onassis re­editaron alguna de sus broncas, Yasir Arafat y Simón Peres se reunieron en secreto y Mario Vargas Llosa terminó de escribir Pantaleón y las visitadoras, es exactamente así.

Tras casi un siglo de existencia, varios dueños y una reforma de 70 millones de euros con demolición total incluida, ninguna apertura hotelera en España ha levantado más ampollas que la de este hotel que ahora gestiona la cadena de lujo Four Seasons. Su directora, Estreya Gosalbez, recuerda que todo el mundo tenía “una opinión muy fuerte” de lo que había que hacer o no en este lugar. El nuevo Four Seasons, el segundo de España, hizo un aterrizaje suave el verano pasado, pero ha sido en 2025 cuando, funcionando a toda máquina, ha puesto a prueba el poderío de su marca para lidiar con casi un siglo de nostalgia.

Para los fetichistas de los buenos tiempos no hay lugar como el hotel que levantó en 1929 el millonario y humanista argentino Adán Diehl. Con más alma de mecenas que de empresario, compró 1.200 hectáreas en el cabo Formentor por 520.000 pesetas y le parecieron tan hermosas que quiso compartirlas con sus amigos poetas y pintores, almas bohemias de bolsillos raquíticos. “Hubiera querido ser el mecenas omnipotente que llama a los artistas y les entrega la belleza de Formentor para que vivan su libre y despreocupada existencia”, dijo alguna vez, según se atestigua en el libro Viaje a Mallorca, de José María Salaverría. En lugar de eso, su esposa, María Elena Popolicio, le propuso una fórmula más realista: además de la casona para sus amigos levantarían un hotel de lujo y juntarían a los artistas con los megarricos. Un plan sin fisuras.