“No soy el mejor fotógrafo del mundo, soy el que más trabaja”, me dijo Sebastião Salgado con voz suave. Su español, casi perfecto, se veía favorecido por la cadencia tranquila y melodiosa del portugués: “Un fotógrafo pertenece a una raza aparte: no soy un artista; el periodista recompone la realidad pero el fotógrafo no. Tengo el privilegio de mirar, nada más”.

El 5 de febrero de 2025 nos encontramos en el Museo de Antropología de la Ciudad de México, donde él presentaría Amazonia, última exposición de gran formato que inauguró en vida.

Trabajé en este perfil sin sospechar que tendría que ajustar los tiempos verbales por la más triste de las razones: el fotógrafo murió el 23 de mayo de 2025.

Hombre de extremos, Salgado ignoraba las frases de trámite y desconocía la indiferencia. Una de sus palabras recurrentes era “colosal”. Le gustaba citar estadísticas de asombro con la autoridad de quien, en un solo día, vio morir a 10.000 personas en Ruanda. Vivió cautivado por los extremos de la condición humana: el infierno y el paraíso, la caída y la redención.

Salgado nació en la pequeña población de Aimorés, Minas Gerais, en 1944. Formado como economista, en 1968 abandonó el Brasil de la dictadura y trabajó en Londres y París. En 1973 dejó su puesto en la Organización Internacional del Café para dedicarse a la fotografía. Fue un despertar tardío. Estaba a punto de cumplir 30 años cuando su esposa, Lélia Wanick, le prestó una cámara. Eran los tiempos de la fotografía analógica, pero la principal revelación no ocurrió en el cuarto oscuro sino en la mente: las imágenes expresaban la realidad mejor que las cifras.