Los relatos de las tragedias tienen siempre dos caras. La de Bernarda Augusto, una cocinera de 57 años que trabaja a pocos metros de la parada del funicular de la Gloria, es la de alguien que se salvó del dramático descarrilamiento ocurrido este miércoles en Lisboa. Ella podía haber sido otra pasajera del elevador, que usa a diario para subir y bajar la empinada calzada de piedra que la lleva al restaurante, donde prepara bitoques y otros platos portugueses desde hace dos décadas. “He pasado una noche de angustia, me dormía y me despertaba a cada rato. A cada minuto me decía que podía haber sido yo. Siempre bajo en el elevador, pero ayer me fui por otro lugar”, relata mientras prepara los menús para el almuerzo. El accidente ha provocado 16 muertos y una veintena de heridos, según el primer ministro, Luís Montenegro, quien rebajó en una persona la cifra inicial de 17 víctimas mortales que los medios portugueses difundieron esta mañana.
La cocinera decidió acudir a rezar a una iglesia cercana en lugar de tomar el funicular. Sus cuatro hijos, que conocen sus rutinas de transporte, no han cesado de llamarla desde el accidente. Pero pasado el susto personal, Bernarda Augusto se espanta sobre todo pensando en otras personas que también podrían haber estado allí, como las madres y los niños de la guardería cercana que cada día usan el mismo medio para salvar una distancia corta pero endiablada. “Ha sido una suerte que todavía no haya empezado el curso porque todos los días las madres recogen a los niños a las seis de la tarde y toman el elevador”, afirma.















