Curritos de la obra en el metro, amigas que se van de viaje en un aeropuerto, niños en el cole, gente haciendo la compra, vendedores callejeros… Cualquier persona es susceptible hoy de llevar una de esas mochilas que regalan los gimnasios low cost Basic-Fit y que son objeto tanto de vídeos delirantes en TikTok e Instagram —con comentarios absolutamente hilarantes— como de anuncios de venta en plataformas de segunda mano como eBay o Vinted. La conclusión es clara: las amas o las odias. Pero están por todas partes, incluido el pasado Tour de Francia, donde hicieron su aparición en una original versión autobús-mochila.
“Alguien me puede explicar qué pasa con las mochilas del Basic-Fit? Porque es que hoy precisamente me he puesto a contar las que me he encontrado en un trayecto de media hora hacia mi casa y he contado 15. La mochila es fea de cojones, pero supongo que cumple su función de una mochila de gimnasio. Por favor, si estás viendo este vídeo y tienes la mochila, comenta”. Este es el grito de ‘socorro’ del tiktoker Álvaro Mirón (más de 151 miles de seguidores), incrédulo —hay decenas de vídeos similares por las redes sociales— ante una realidad que nos ha atrapado a muchos. Como a quien esto escribe, víctima confesa de una innegable obsesión por este accesorio. Y que, dicho sea de paso, bonito no es. No miento cuando reconozco que mi hijo de nueve años y yo hemos convertido en un juego diario lo que llamamos “Basic-Fit Mode On”, un entretenimiento que consiste en salir a la calle y empezar a contar —y ‘a cazar’ con foto secreta incluida— las mochilas Basic-Fit que nos vamos encontrando a nuestro paso. Al final de la semana nos sale una media que no suele bajar de las 8-12 diarias.






