Cuando Donald Trump presentó el pasado 2 de abril su famosa tabla con los aranceles que iba a aplicar a la compra de bienes procedentes de los que hasta ese momento habían sido sus grandes socios comerciales, no valoró el efecto bola de nieve que esos gravámenes iban a tener sobre otras actividades claves para la economía de Estados Unidos. Trump priorizó la corrección del déficit comercial (la diferencia negativa entre los bienes que vende y los que compra la primera economía mundial), que ya se situó en junio en 60.177 millones de dólares (52.000 millones de euros), el nivel más bajo desde septiembre de 2023 tras un ajuste anual del 18,6%.
El presidente de EE UU pensó que imponer aranceles para frenar de forma artificial la venta de bienes a EE UU desde Canadá, México, China, Brasil, Japón, India, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido o Corea del Sur no iba a tener ningún impacto, por ejemplo, en los ciudadanos de esos países a la hora de hacer sus viajes. Nada más lejos de la realidad. La estadística oficial del Gobierno de EE UU refleja que la llegada de turistas extranjeros en los cinco primeros meses del año retrocedió un 2,36%, lo que supuso un ajuste de 643.000 viajeros en mitad de un ciclo virtuoso de dos ejercicios récord que iban a impulsar al turismo mundial y al de EE UU a recuperar las cifras prepandemia. Se trata de la primera bajada en la llegada de viajeros extranjeros a EE UU desde 2021 y corta una racha de tres años explosivos de crecimiento que habían llevado a cerrar 2024 con 72,3 millones, aproximándose a los máximos de 2019, que se truncaron, como en todo el planeta, con la pandemia.






