Existe una ley fundamental de la geopolítica en el siglo XXI: lo relevante ya no solo pasa por Washington, sino también, de forma creciente, por Pekín. En China ha arrancado este domingo una cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), un foro intergubernamental de seguridad, con la presencia, entre otros, del presidente ruso, Vladímir Putin, y del primer ministro indio, Narendra Modi. Mientras Estados Unidos, bajo la batuta de Donald Trump, sigue obsesionado con recuperar la grandeza del pasado a base de garrotazos arancelarios y sumiendo a buena parte del mundo —aliados incluidos— en el desconcierto, el presidente chino, Xi Jinping, se ha rodeado de un buen puñado de líderes ante los que plantear su visión alternativa del orden internacional.
Las autoridades del gigante asiático han pisado el acelerador propagandístico, anunciando la cumbre como “uno de los encuentros diplomáticos más importantes del año para China”. Al evento, que se celebra en la ciudad portuaria de Tianjin, asisten más de 20 jefes de Estado y de Gobierno, entre miembros permanentes de la OCS (China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán, Uzbekistán, India, Pakistán, Irán y Bielorrusia) y otros 14 socios de diálogo, como Turquía, Arabia Saudí, Egipto y Myanmar, que pueden participar en las actividades sin ser miembros de pleno derecho. También han sido invitados para la ocasión el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, y el de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), Kao Kim Hourn.











