Existen un centenar de formas para tratar la hipertensión, pero solo un tercio de quienes la padecen la tiene controlada. El resto camina cada día con una bomba de relojería silenciosa en las arterias. No avisa, no duele, y es la mayor causante de enfermedades cardiovasculares, que a su vez son las que más morbimortalidad producen: está detrás de infartos, de ictus, de demencias. En España afecta a diez millones de adultos y causa 46.000 muertes al año que podrían haberse evitado, según datos de la Sociedad Española de Cardiología (SEC).
Como todas las enfermedades causadas por los malos hábitos de vida ―y la hipertensión lo es en la gran mayoría de las ocasiones―, la solución parece sencilla: cambiar esos hábitos, lo que pasaría por reducir la sal, las grasas nocivas, hacer dieta mediterránea, ejercicio físico, evitar el estrés. En la práctica, el estilo de vida saludable funciona individualmente a quien lo consigue practicar, pero se ha mostrado muy complicado generalizarlo a toda la población.
Como dice el cardiólogo José Abellán, que divulga de salud en redes sociales, “el sistema no está pensado para la prevención”. La mayoría de los médicos no tiene el suficiente tiempo para pautar y seguir estos estilos de vida. Lo más frecuente es pasar a la segunda opción: las pastillas. Pero tampoco se está mostrado del todo eficaz. Aunque el porcentaje de pacientes controlados (hipertensos que consiguen mantener la presión en niveles saludables) ha aumentado en las últimas décadas en España, está muy lejos de llegar a cifras óptimas.







