Al principio el tango fue un abrazo. Unos recuerdan que ese abrazo fue como un chispazo eléctrico que sacó del coma a su corazón malherido; otros recibieron un abrazo de refugio que mientras bailaban les hizo olvidar un dolor; y los hay también que aceptaron con curiosidad los brazos abiertos que encontraron tras una puerta desconocida. Los senderos se bifurcan después, pero ese recuerdo persiste y muchos regresan, presos de una fiebre que los lleva a bailar hora tras hora, día tras día, como descendientes de Troffea, esa mujer que en 1518 inició una misteriosa epidemia de baile en la ciudad francesa de Estrasburgo.
Cada final de agosto, el Festival y Mundial de Tango atrae a Buenos Aires a bailarines de todo el mundo. Hay clases, milongas, conciertos y espectáculos que se suman a esa corriente subterránea que fluye todo el año. Si alguien quiere —y resiste— puede bailar a diario más de 18 horas seguidas. En dos semanas, supone una sobredosis de casi 300 horas.
Son las cuatro de la tarde de un miércoles y la avenida Corrientes aún no ha encendido las luces de los teatros y las pizzerías que comenzarán a llenarse al anochecer. Pero en el primer piso de la esquina con Riobamba, detrás de unas cortinas tupidas que impiden el paso del sol y la mirada de curiosos, unas 20 parejas danzan al ritmo de la orquesta de Carlos di Sarli en la pista de El Beso. Este salón en el que se baila tango es uno de los más tradicionales de la capital argentina, con más de 25 años de historia. Hay mesas dispuestas alrededor, sobre las que se ven cafés, aguas y algunas copas de champán. Desde allí hombres y mujeres cruzan miradas: él cabecea ligeramente desde la distancia; si ella asiente, salen a bailar.






