En la película argentina Plata dulce, estrenada en julio de 1982, un mes después del final de la guerra de Malvinas, una familia regresa de un breve viaje a Miami cargada de televisores, reproductoras de vídeo y equipos de audio. El protagonista, Carlos Bonifatti (Federico Luppi), no oculta su entusiasmo por la bonanza económica que vivía aquella Argentina en dictadura. “Ahora con el dólar barato es un fenómeno viajar. ¿Sabés cómo nos esperan allá? Ya no le vamos a pedir plata a nadie, los que ponemos los dólares somos nosotros, los argentinos”, dice con una gran sonrisa, mientras empuja un carro cargado de cajas en el aeropuerto de Ezeiza.
Eran aquellos los tiempos del “deme dos”, la expresión que resumía la voracidad compradora de los argentinos que aprovechaban que Estados Unidos y Europa estaban “baratísimos” comparados con Buenos Aires. El sueño duró poco porque, para resumir, no era cierto que el país no le pedía plata a nadie, como decía Bonifatti. La deuda externa pasó de 9.700 millones de dólares en 1976, año del golpe militar, a 45.000 millones en 1983, cuando volvió la democracia. El endeudamiento externo fue la única forma que encontró el Gobierno militar para compensar la sangría de las reservas del Banco Central. La fiesta de los viajes por el mundo y el dólar barato terminó con una inflación del 300% y un ciclo de crisis recurrentes que ya lleva 40 años.







