Hay una Liébana archiconocida y superturística: la de Potes y Mogrovejo, dos de Los Pueblos Más Bonitos de España; la del monasterio de Santo Toribio, uno de los lugares santos de la cristiandad; y la del teleférico de Fuente Dé, en el que los visitantes suben el primer escalón de los Picos de Europa apretujados después de haber reservado con bastante antelación, porque si no la cola llegaría hasta Santander.
Y hay una Liébana alta y solitaria, la de Bejes y Tresviso, dos pueblos que se esconden en el extremo norte de esta comarca cántabra, en el macizo de Ándara, rodeados de precipicios y lobos, antiguas minas llenas de quesos mohosos y carreteras que llevan a ninguna parte: “Atención: GPS erróneo. ¡Vuélvase!”, dicen las señales. ¿Y no hay turistas? Pocos.
La única carretera asfaltada que conduce a Tresviso es la que viene de Sotres (Asturias). O sea, que para llegar a este pueblo lebaniego —y, por tanto, cántabro—, hay que dar una vuelta de 80 kilómetros por carreteras del vecino Principado. Desde Potes, la capital de Liébana, se tarda dos horas. Normal que no vengan muchos turistas. Otra opción es subir a pie por la senda de Urdón a Tresviso. Pero no es fácil. Primero hay que acercarse en coche hasta Urdón, en pleno desfiladero de La Hermida, que lleva tres años atascado por las obras de mejora de la N-621. Y luego ascender por un antiguo camino minero escarpadísimo y sin quitamiedos que describe 40 revueltas, una detrás de otra, para salvar en unas tres horas los 825 metros de desnivel que hay entre dos lugares que, en línea recta, solo distan tres kilómetros. Hay que estar muy en forma y no tener miedo a los abismos.






