En efecto, Franco Mastantuono vuelve esta noche al Santiago Bernabéu, donde hace dos semanas fue aclamado antes de debutar. Lo nunca visto. Tampoco había visto nunca que se acusara a alguien de ser portador de un nombre. El “Franco, Franco, Franco” desató repercusiones dignas de un análisis antropológico. Si el canto fue una broma, bien traída está. No hay exorcismo mejor que el humor. Si alguno entonó el nombre con particular pasión porque le trajo nostalgia ideológica, estaríamos ante un inédito tipo de estupidez. La de fortalecer los argumentos de la tribu rival. Pero estoy seguro de que la mayoría, sobre todo entre los más jóvenes, solo cantó el nombre del nuevo ídolo. No es fácil ponerle ritmo o encontrarle rima a ese apellido, que ni siquiera tiene una “R” para darle garra.
Sin embargo, en Barcelona se aprovechó el episodio para seguir alimentando la leyenda de “equipo del régimen”. Relato que no resiste el menor análisis, pero que se instaló en la memoria colectiva con gran eficacia. El cuento nació en Barcelona y en Madrid nunca se desmintió. Mi admirado Manuel Vázquez Montalbán hizo del Barça una bandera cultural y política aprovechando el peso identitario del fútbol y la represión cultural que sufría Cataluña. Así las cosas, el Barça pasó a ser “El ejército desarmado de Cataluña”. ¿Y el Madrid? No le dio importancia al debate. Ni siquiera hubo una respuesta que vertebrara una narración intelectual que lo defendiera de los discursos ajenos. Los triunfos eran tan abrumadores que parecía innecesario explicarse. El Madrid era por lo que ganaba, no hacía falta más.






