El perfil de la industria hotelera en España ha mutado desde que la Gran Recesión estalló tras quince años consecutivos de crecimiento económico. En 2007 había 1,56 millones de camas disponibles, según el censo oficial que realiza el INE, y la categoría que más aportaba era la de tres estrellas, con 549.878 camas, lo que suponía un 35% del total, seguida muy de cerca por los de cuatro estrellas, con 523.041 camas y un 33,4% del total. ...
Diecisiete años después, la fotografía es radicalmente diferente. La planta hotelera ha crecido un 22,8% hasta las 1,92 millones de camas, escorándose claramente hacia los segmentos de lujo (cinco y cuatro estrellas) y con un declive en los de tres estrellas. Si esta última categoría representaba el 35% de las camas disponibles en 2007, ese porcentaje se desploma diez puntos porcentuales hasta el 25% en 2024, mientras que los de cuatro estrellas han tomado la dirección inversa, pasando de representar el 33,4% hasta el 48,5% del total. En paralelo, los establecimientos de máxima categoría prácticamente han duplicado su presencia, al pasar de tener 67.522 camas (un 4,3% del total) a tener 127.904 camas (un 6,6%).
¿Cuáles son las razones que han conducido a esta revolución? La primera es el crecimiento continuado de la demanda en esos 17 años, que le han permitido a España pasar de recibir 59,2 a 93,4 millones de viajeros, lo que supone una media anual de 2 millones adicionales, pese a la Gran Recesión o la pandemia. Un aumento de la demanda que se ha traducido a su vez en un crecimiento exponencial de tarifas y beneficios, en especial en el segmento de cinco estrellas, que ha sido determinante para la entrada de inversores extranjeros o grandes cadenas hoteleras de lujo.







