Aida Ntata había acabado de parir en el centro de salud de Chimvu, en el distrito de Thyolo, al sur de Malaui, y tuvo que levantarse y andar más de un kilómetro para buscar agua. Necesitaba lavarse y limpiar su ropa, pero el centro sanitario no tenía agua corriente. “No me resultó fácil ir a buscar agua poco después de parir. En aquella época, teníamos que esperar una hora, porque había un solo pozo para todo el pueblo. Tuve que dejar los cubos de agua con mi tutor y correr a atender a mi bebé”, recuerda esta mujer del pueblo Kalimbuka, en la autoridad tradicional de Boyd, un año después del nacimiento de su hijo, en abril de 2024.
Hace tres años, Sarah Rodgers vivió la misma historia. “Una persona necesita agua todo el tiempo, pero para una mujer, es crucial durante el parto. Resulta muy angustioso que un centro de salud no tenga agua. Tuve que ir a buscarla yo para poder lavarme y asearme”, recuerda. Ella, dice, tuvo la fortaleza para hacerlo. Pero no todas lo consiguen, alerta. Lo que le pasó a Ntata y a Rodgers no fue excepcional. En la mayoría de países del mundo, recoger agua suele ser un oficio que recae sobre niñas y mujeres. En Malaui, según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicado este martes, el 76% de las mujeres son responsables de llevar este recurso a los hogares.








