El país alberga una de las tasas de mortalidad materna más altas del planeta. La falta de centros sanitarios y de personal, de ambulancias y hasta de luz eléctrica complican hasta el extremo los partos, en un contexto de recortes de ayuda internacional

En la maternidad de Markounda, en la prefectura de Ouham, al noroeste de República Centroafricana, una mujer yace hecha un ovillo en una habitación a oscuras. De su brazo cuelga un gotero. Tres semanas antes había dado a luz en el mismo lugar a un bebé de 1,3 kilos que nació muerto.

Tres semanas después de la muerte de su bebé, intuyó que algo más no iba bien. Un dolor persistente en el vientre la llevó a volver al hospital de esta localidad situada a menos de tres kilómetros de la frontera con Chad. La ingresaron en el quirófano, inaugurado hacía apenas dos meses ―aún sin personal suficiente― y, al practicarle una punción, descubrieron que tenía sangre acumulada en la cavidad abdominal.

Tras cuatro horas de intervención y después de que no lograran controlar la hemorragia, fue evacuada en ambulancia a la maternidad de Bossangoa, una ciudad a 145 kilómetros de distancia. Un trayecto por caminos de tierra rojiza, plagados de profundos socavones, que puede prolongarse hasta seis horas o más, según las condiciones del terreno. Al llegar allí, la volvieron a derivar a la maternidad de Markounda, donde, finalmente, la pudieron estabilizar con los recursos disponibles.