El arquitecto del 10 de Downing Street, o sus herederos, deberían de cobrar derechos de autor por el número de veces que la televisión y el cine muestran su fachada. Rehén, la serie de Netflix que desarrolla las complicadas vidas de la primera ministra de Gran Bretaña y la presidenta de Francia, protagonistas de una ficticia cumbre anglofrancesa, la muestra hasta la saciedad. La ventaja de la ficción es que la primera ministra no es Margaret Thatcher, sino una mucho más delicada Suranne Jones, lo que supone un estímulo visual para el espectador, a la vez que la presidenta es una estupenda Julie Delpy.

La base de la trama es relativamente sencilla: a la primera ministra le secuestran a su marido, miembro de Médicos Sin Fronteras, en la Guyana Francesa y exigen que la mandataria dimita. El chantaje a la presidenta francesa es, cómo no, de índole amorosa y está relacionado con un vídeo sexual que si se difundiera acabaría con su carrera política. Cuestión de la petite mort. Pero si no ver a la Thatcher es una ventaja, otra es que en la tensa cumbre prevista ninguna de las dos políticas utilizan la cansina táctica del Partido Popular de atribuirle a su rival, en este caso a Pedro Sánchez, todas las desgracias, grandes o pequeñas, que ocurren en el país: desde el robo de cobre de las vías del AVE a los incendios forestales, y siempre con la sutileza analítica que distingue a Cuca Gamarra o a su sucesor, Miguel Tellado, por citar tan solo a dos de los genoveses.