Hace tiempo que Thomas Adès divide los meses de su calendario entre un céntrico apartamento de Londres, donde nació hace 54 años, y una casa modesta pero elegante de Hollywood Hills. “En Los Ángeles disfruto de la naturaleza sin renunciar a las comodidades de una gran ciudad”, cuenta el compositor y director británico al teléfono desde su estudio. “Durante seis meses al año vivo rodeado de coyotes, cuervos, mapaches y hasta serpientes de cascabel”. En ese entorno “onírico y casi irreal”, no muy lejos del jardín de Mabery Road donde
ck-dtm="">Arnold Schoenberg jugaba al pimpón con Johnny Weissmuller, los contrastes con la vieja Europa han encontrado nuevas formas de expresión. “De pronto, un vecino te enseña un escondite, lleno de armas y explosivos, que parece sacado de una película de David Lynch”, reconoce. “Ese reverso oscuro de Hollywood no deja de sorprenderme”.
El asombro que le provoca España es de igual intensidad, asegura, aunque de diferente naturaleza. “La primera ciudad extranjera que visité, con 12 años, fue Bilbao y desde entonces la cultura española ha estado muy presente en mi vida”, confiesa Adès, en vísperas de su viaje a San Sebastián para dirigir este miércoles a la Orquesta Nacional de la Ópera de París y al pianista Kirill Gerstein en el tramo final de la 86ª edición de la Quincena Musical. La primera parte del concierto estará dedicada al 150º aniversario del nacimiento de Ravel. “Ningún otro compositor se ha atrevido a poner la exquisitez técnica de sus partituras al servicio de una emotividad casi infantil”, comenta a propósito de Le Tombeau de Couperin, el Concierto para mano izquierda y La Valse. “Cuando escucho estas piezas me siento como un niño que acaba de presenciar un fascinante truco de magia”.






