Las superpotencias mundiales han desarrollado un apetito aparentemente insaciable por los minerales críticos que son esenciales para las transiciones energética y digital en curso, entre ellos los metales de tierras raras (para semiconductores), el cobalto (para baterías) y el uranio (para reactores nucleares). Según las previsiones de la Agencia Internacional de la Energía, la demanda de estos minerales se habrá más que cuadruplicado de aquí a 2040, solo para su uso en tecnologías de energía limpia. Pero, en su carrera por controlar estos recursos vitales, China, Europa y Estados Unidos corren el riesgo de causar graves daños a los países que los poseen.
En la actualidad, China lidera el pelotón, ya que se ha hecho con la propiedad o el control de alrededor del 60% y 80% de los minerales críticos necesarios para la industria (como los imanes) y la transición verde. Este control se extiende a toda la cadena de suministro: China ha invertido mucho en minería en África, Asia Central y América Latina, y ha aumentado su capacidad de procesamiento.
Para las potencias occidentales, el cuasi monopolio chino sobre los minerales críticos parece una amenaza económica y para la seguridad nacional. Este temor no es infundado. En diciembre de 2024, China restringió las exportaciones de minerales críticos a EE UU en represalia por las restricciones estadounidenses a las exportaciones de microchips avanzados a China.








