Hay en Tíscar Espadas (Úbeda, 32 años) una reticencia muy elocuente a poner etiquetas a sus colecciones, a hablar de inspiraciones, referencias o estilos. Su moodboard, el panel de inspiración que emplean los diseñadores, es un misterio. Al ver sus prendas, por ejemplo las que lucen ella y su equipo en las fotos de este reportaje, uno podría aventurar categorías más o menos escurridizas: piratas deconstruidos en clave punk, Niños Perdidos de Peter Pan, proscritos neorrománticos pasados por el chic nuclear japonés. Pero tal vez, como ella defiende, lo interesante sea acercarse a sus prendas sin prejuicios. Apreciar sus detalles, su confección sofisticada hasta lo obsesivo, sus elementos separables o reversibles, sus texturas con historia. Solo admite una cierta inclinación por lo onírico. “Me interesan las cosas que están conectadas con las emociones. Que nos hagan pensar, cuestionarnos y al mismo tiempo, soñar y sentir. Si te permite poder abstraerte de la realidad por un momento, lo carga de más sentido”.

Tíscar Espadas es una rareza en la moda española. Estudió en Madrid y en Barcelona antes de trabajar para varias marcas. Finalmente, de un máster en Londres salió un proyecto final que se convirtió en colección sin proponérselo. “En un principio nunca me planteé crear una marca”, recuerda. “Me lo tomé como un ejercicio para estudiar cuál era mi forma de hacer, mi medio, mi lenguaje. El Capítulo I surgió así, sin temporalidad ni género. Solo prendas cargadas de minucioso trabajo e historias que sirvieran para expresar y para comunicar. En ese momento no pensaba que la gente fuera a comprarlo y vestirlo”. Sin embargo, en aquella presentación contactó con ella un showroom japonés interesado en vender sus colecciones. Salió bien. La mayoría de sus puntos de venta están en Japón, y han empezado a abrir mercado en Corea del Sur o Taiwán. En Asia, cuenta, se entiende mejor su noción de la moda, sus siluetas amplias, su apuesta impenitente por la experimentación. En Europa los clientes buscan prendas más sencillas, mientras que en Japón sus diseños más llamativos los visten desde adolescentes a jubilados.