Buscaba romper con todo lo anterior y daba la bienvenida al futuro. La arquitectura moderna llegó con el diseño y la eficiencia como pilares, apostando además por el uso de materiales novedosos como hormigón, acero y vidrio. Se desarrolló durante las décadas centrales del siglo XX en buena parte del planeta y en España tuvo un fuerte arraigo que, aunque sufrió la censura del franquismo, consiguió un gran impacto. Para no olvidar el valor de estas construcciones y defenderlas de posibles derribos, la fundación Docomomo Ibérico trabaja en un registro vivo que se acerca ya a los 2.500 edificios. Su base de datos, a la que está suscrita hasta la Universidad de Harvard, es fundamental para que la entidad reciba más de 670.000 visitas anuales a su web. En ella también se recogen todas las actividades impulsadas para difundir, sensibilizar y proteger el patrimonio arquitectónico, justo la labor por la que el Colegio de Arquitectos de Sevilla acaba de otorgarle uno de sus reconocimientos.
La historia de Docomomo Ibérico arranca en 1990. Seguía entonces los pasos de los arquitectos neerlandeses Hubert-Jan Henket y Wessel de Jonge, que dos años atrás habían fundado en Eindhoven una asociación denominada Docomomo International (a partir de su nombre completo en inglés: Documentation and Conservation of buildings, sites and neighbourhoods of the Modern Movement) para proteger la arquitectura moderna. La variante española nació bajo los mismos criterios y tomó impulso gracias a un proyecto de la Fundación Mies van der Rohe a la que se fueron uniendo la Fundación Arquia, el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) y algunos colegios de arquitectos. Costó empezar, porque para conservar primero hay que conocer. Un amplio grupo de especialistas tiró de archivos, de libros de historia y publicaciones especializadas mientras cientos de arquitectos de toda la península se lanzaron a realizar trabajo de campo. Aglutinaron más de 4.000 edificios levantados entre 1925 y 1975. De ellos se seleccionaron 1.800 que formaron parte de los cuatro primeros libros editados por la fundación. Estaban divididos por sectores: industrial, vivienda y dos relacionados con los equipamientos públicos. “Fue como una tarjeta de visita. Era un repaso a los inmuebles que no pueden perderse. Y después empezamos a realizar actividades para ponerlos en valor”, explica Celestino García Braña, presidente de Docomomo Ibérico.






