El césped es una gramínea que lleva evolucionado desde el Cretáceo, y que nos ha servido de refugio en la sabana para hacernos invisibles a la hora de cazar. El pastoreo la convirtió en pradera, una sección de los comunes que hacía de borde entre el bosque y la ciudad. Pero el concepto de césped, en el sentido de una extensión ornamental que se recorta cada pocos días para mantenerse pulcro y pisar sobre blando, se le ocurrió a André Le Nôtre, el jardinero del rey Sol. Era un nepobaby del paisajismo europeo; su padre y su abuelo habían sido responsables de los jardines de las Tullerías. Su padrino fue supervisor de jardines reales y el marido de su madrina, otro jardinero de postín. Pero su fama los superó a todos, gracias a su idea de partir los jardines por un eje central del que irradian caminos, canales y avenidas llenos de setos desplegados con una simetría tan suprema que a veces toca el surrealismo, al menos cuando la miramos con los ojos de Alain Resnais en El año pasado en Marienbad.

Versalles es un cuadro para un solo cliente; una imagen el mundo que irradia del balcón real y se extiende hacia el infinito, como el universo y como el poder absoluto. Le Nôtre llena el espacio de árboles, setos, chorritos perfectamente manicurados; planetas, lunas y asteroides de la Vía Monárquica que se expanden sobre un césped al que coquetamente bautiza como la alfombra verde de su majestad. En cuanto la ven, todos los reyes y aristócratas de Europa quieren una. Le Nôtre transformó el césped en el triunfo de lo privado sobre lo público, el espejo del poder político y control social. En qué otra cosa puede pensar Donald Trump que no sea Versalles cuando dice que sabe más de césped que ningún otro ser humano, delante de los 800 miembros de la Guardia Nacional que ha desplegado en Washington DC.