Imaginen a Putin en su despacho del Kremlin. Sonríe con las célebres murallas rojizas a su espalda ante las imágenes que le llegan desde Washington. Él ha negociado de tú a tú con Trump en Alaska el futuro de Ucrania y ahora una Santa Compaña de líderes europeos desfila por la Casa Blanca como una delegación provincial lista para rendir cuentas al gobernador. Macron finge compadrear con el rey. Starmer está a punto de coger la bandeja y ponerse a servir tés. Meloni hace muecas. Nadie conoce al resto. Mientras los europeos exponen sus argumentos, Trump les interrumpe para consultar con Moscú. Putin ni siquiera necesita estar en la sala, tiene un servicio de información en tiempo real desde el Despacho Oval: Trump, el mejor agente de la KGB de la historia.

Europa, superpotencia económica de 450 millones de habitantes y el mayor mercado común del mundo, necesita ir en pandilla para que Trump le preste atención, pero el verdadero interlocutor del presidente está en Moscú. Las imágenes revelan una nueva geometría del poder global. Por primera vez en generaciones, un presidente estadounidense triangula entre Europa y Rusia como fuerzas equivalentes. Trump no trata a los europeos como socios privilegiados del mundo libre, sino como meros stakeholders regionales en una negociación donde Putin tiene más peso que todos ellos juntos. El simbolismo involuntario de la procesión es desolador. Creyeron que ir en grupo mostraba unidad y les fortalecería, pero regalaron la imagen de una delegación de vasallos visitando al señor feudal. Si Europa fuera realmente una potencia autónoma, habría enviado a un representante único con autoridad para hablar por todos, pero estamos atrapados en el dilema perfecto: uno a uno, somos demasiado débiles; colectivamente, demasiado dependientes para ser respetados. No ir es perder toda influencia. La inacción colectiva europea convertida en lamentable espectáculo geopolítico.