Irina Artiomova, de 42 años, vive en Kramatorsk, en la provincia oriental ucrania de Donetsk, a una veintena de kilómetros del frente de guerra. Su reflexión es sencilla, pero muy potente. “¿Qué pensarías si un vecino viniera a tu casa y dijera que es suya y no tuya?”, plantea en un intercambio de mensajes telefónicos. “¿Te rendirías?”. Artiomova gestiona junto a su marido, Roman Dubinin, también de 42 años, el acuario de esta ciudad ucrania, un pequeño oasis para civiles y militares, machacados por el asedio ruso.

Kramatorsk es una de las presas codiciadas por el Kremlin para apuntalar el dominio ruso sobre Donbás, la región formada por las provincias de Donetsk y Lugansk y situada en el corazón de la “Nueva Rusia” ansiada por Vladímir Putin. Y así se lo hizo saber este a su homólogo estadounidense, Donald Trump, en la reciente cumbre bilateral celebrada en Alaska.

El sueño del mandatario ruso, con profundas raíces históricas y económicas, tiene unas claras consecuencias en la contienda y la defensa de Ucrania. Según el relato conocido del encuentro entre Putin y Trump del 15 de agosto en Alaska, el presidente de Rusia estaría dispuesto a congelar la línea del frente si el Gobierno ucranio de Volodímir Zelenski le entrega Donbás.