Roblox es uno de esos nombres que dividen a la población de forma violenta entre los que lo conocen y los que no. Plataforma de entretenimiento digital que combina videojuegos, creación de contenido y red social, los que tienen hijos pequeños conocen bien esta especie de LEGO virtual que más de 80 millones de chavales (el 40% de ellos, menores de 13 años) convierten a diario en su patio de juegos digital.

Sobre el papel, la idea de Roblox es sencillamente genial. Creada en 2003, convertida en masiva con la pandemia y valorada hoy en 90.000 millones de dólares, a diferencia de un juego tradicional con una historia cerrada, Roblox apostó por ser un ecosistema online donde los usuarios podían diseñar sus propios juegos y experiencias interactivas. Los niños, como ovejas despreocupadas, experimentaban con la creatividad sin límites de ese experimento digital, comenzaban a programar, creaban comunidades y hasta daban sus primeros y tímidos pasos de movilización política. Pero, como todo lugar en el que las ovejas son felices, no tardaron en acechar los lobos.

Desde 2017 la prensa lleva advirtiendo de que el juego se iba volviendo en un entorno proclive a la aparición de depredadores sexuales, y denunciando casos de grooming. Los expertos señalaban que la plataforma no hacía los deberes para proteger a los más vulnerables y la plataforma esgrimía una excusa con cierta lógica: lo que hacía atractivo al juego —la libertad creativa y la comunidad— es justo lo que lo volvía más difícil de controlar y de moderar. Pero los casos han ido creciendo. Una de las mayores polémicas tiene que ver con el creador de contenido Schlep, que se dedicaba a descubrir, mediante vídeos estilo “cazador de depredadores”, a adultos sospechosos de acosar menores dentro de la plataforma. En vez de darle las gracias, Roblox lo expulsó permanentemente de la plataforma hace unos días, lo que inmediatamente desató una ola de críticas y una campaña pública en su defensa que suma cientos de miles de firmas.