Para agosto de 1975 se habían vendido unas 5.000 unidades del Altair 8800. Hacía algo más de medio año que este equipo había salido a la venta como un producto de nicho. Pero pronto se popularizó entre los aficionados a la informática, hasta entonces contenida en grandes armarios metálicos. Llegaba el primer ordenador personal a un precio competitivo. Y su éxito creó el caldo de cultivo perfecto para el nacimiento de las empresas que meterían la informática en los hogares.

El Altair 8800 nació en un momento de explosión de la microelectrónica. La era de la computación había comenzado en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. A partir de ese momento se ensamblaron máquinas que ocupaban salas enteras. Para los años 70, estos ordenadores habían evolucionado, pero aún eran voluminosos, caros y difíciles de manejar. Estaban reservados a grandes compañías que veían un beneficio económico en su potencia de cálculo o su capacidad para procesar elementos contables.

Y en 1971 llegó un procesador que anunciaba vientos de cambio. Era el Intel 4004, que se convertiría en el primer microprocesador del mercado. Su proeza tecnológica consistía en contener una CPU completa en un solo circuito integrado, un solo chip. Hasta el momento este componente, considerado como el cerebro de un computador, se componía de decenas de circuitos integrados. El avance abría la puerta a la miniaturización de los componentes básicos de una computadora. Pero el chip estaba pensado solo para calculadoras electrónicas.