El camino nunca avanza solo. Le acompaña el océano, siempre ahí al lado, inseparable. Ni siquiera hace falta girar la cabeza: el sendero desfila entre brisa, olor a sal y el ruido de las olas quebradas. Un horizonte azul inmenso vigila cada paso, desde la izquierda. A la derecha, arbustos, casitas y tierra tiñen la ruta de verde, blanco y rojo. Hace falta desviarse un poco para encontrar otra presencia, menos evidente, aunque no menos colosal: sobre una piedra descansan improntas de dinosaurios, que también anduvieron por aquí hace millones de años. Y al final del recorrido, una hora y media después, aguardan dos citas más: con la concha perfecta de arena y mar que dibuja la bahía de San Martinho do Porto, en la costa central de Portugal; y con los restos de un puerto donde se construyeron barcos que Vasco da Gama puso rumbo a las Indias. O eso dice la leyenda. La verdad es que la vista quita el aliento.

Por estas tierras, en unas semanas, arranca otro viaje ambicioso. Está prevista para octubre la inauguración de los primeros tramos de Palmilhar Portugal, que pretende ser el sendero circular más largo del mundo: unos 6.000 kilómetros entre sierras y playas, bosques y viñedos, aldeas y lagunas. EL PAÍS recorrió durante tres días ―y con la colaboración de la organización― los pasos iniciales de un camino que promete, de aquí a cinco años, poner de acuerdo a los turistas y a quienes los odian: una vía sostenible y auténtica, para cualquier persona y mes del año. Del interior a la costa, y viceversa, en busca de exploración, descubrimiento, naturaleza, cultura e historia. Aunque la palabra quizás más repetida por Ricardo Bernardes, impulsor del proyecto, es “interacción”. Con el territorio y, sobre todo, sus gentes.