Ver hoy Salò o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini implica una experiencia tan extrema y por momentos insoportable como lo era hace 50 años, cuando tuvo lugar su accidentado estreno. Sus escenas de sexo forzado, sadismo corporal, coprofagia, vejaciones y mutilación, filmadas en magníficos escenarios y desde un aparato formal de una belleza exquisita, generan el mismo horror, la misma repugnancia moral. Pero, sobre todo, el campo en el que la película extiende su vigencia con más autoridad es el político, que es el que más interesaba a su autor. Lo que Salò enuncia, que tiene que ver con la violencia que subyace tras el ejercicio del poder en las sociedades capitalistas, no ha perdido un ápice de potencia y validez. Quizá ese mensaje fuera el motivo velado por el que en su día fue atacaba por grupos extremistas, mientras se desataba en los tribunales una urgencia furiosa por prohibir su exhibición, pena de cárcel incluida para su productor: no había ya medios para aplicar la condena judicial a Pasolini, el director, ya que había muerto asesinado poco antes. Una muerte que sigue considerándose, por cierto, uno de los casos pendientes de la historia reciente de Italia, y que para muchos está relacionada con el propio mensaje profético de Salò.