Aunque el poeta Gil Scott-Heron augurase que la revolución no sería televisada, en la película Perseguido (1987), Arnold Schwarzenegger volvió a demostrar que los axiomas están para derribarse. El culturista era la estrella de una distopía donde un gobierno totalitario se constituía en EE UU y a los más desfavorecidos les daban caza en un brutal concurso de televisión, virtualmente imposible de ganar. Al héroe, un capitán acusado en falso de una matanza de civiles, le enviaban a competir para sacrificarle frente a la audiencia, pero, como no podía ser de otro modo, el personaje de Schwarzenegger destruía a sus captores uno a uno, de forma violenta y siempre con una coletilla graciosa para cada ejecución. No solo tumbaba la dictadura a pulso con sus músculos en pleno prime time, también tenía tiempo de conquistar a una hermosa concursante en apuros, encarnada por la cantante y actriz cubana María Conchita Alonso.
La exaltación de los ochenta, a veces, lleva a que películas que tuvieron recibimientos discretos, como fue el caso de Perseguido, sean ahora catalogadas de clásico por algunos. Schwarzenegger no se cuenta entre ellos. En su autobiografía Desafío total: Mi increíble historia (2012, editada en España por Martínez Roca), el intérprete y exgobernador de California manifestaba abiertamente su decepción con el resultado: “El argumento era fantástico y se desperdició totalmente por la contratación de un director principiante (...) [que] no tuvo tiempo para pensar en lo que la película tenía que decir sobre el mundo del espectáculo y el Gobierno, ni sobre lo que significaba llegar a un punto en el que matan a la gente en pantalla”. El director puesto a los pies de los caballos por el gigante austriaco, por cierto, no era otro que Paul Michael Glaser, el detective Starsky en la serie Starsky y Hutch (1975-79).






