Pollo o pasta. La carta de las aerolíneas es sencilla y básica. La duración del viaje o la clase de vuelo influyen en el menú de los pasajeros, pero el destino final de los alimentos es el mismo: se toma o se tira. Los datos son contundentes. Productos de comida o bebida representan el 68% de los residuos de cabina, de los cuales un tercio queda sin tocar, según un informe del pasado junio de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), que agrupa a unas 350 compañías. La legislación europea que desde 2009 rige la gestión de los residuos es un freno para recuperar los restos del menú, ya que las aerolíneas están obligadas a eliminarlos al llegar a destino. La patronal mundial ha reclamado a la Comisión Europea una modificación del reglamento que permita aprovechar los residuos y convertirlos en compostaje.
Varios tripulantes de aerolíneas que operan en España son tajantes: “En toda la aviación se tira muchísima comida”. Incluso las bandejas intactas acaban en la basura. Todos los alimentos de origen animal, o aquellos con los que han estado en contacto, tienen que ser destruidos. Y así es como cada año se generan entre 400.000 y 450.000 toneladas de residuos de catering internacional (ICW, por sus siglas en inglés), según estimaciones de IATA.






