Cuando tenía 13 años, Marko Kalirhe, un cultivador de café de 46 años que vive en Kivu del Norte (República Democrática del Congo, RDC), perdió a sus padres y tuvo que hacerse cargo de su familia, de siete personas. Cultivar café, un oficio que había aprendido de sus padres, fue su manera de superar las dificultades y le permitió, durante décadas, enviar a sus hermanos y después a sus propios hijos a la escuela. Pero ahora, tras huir de su finca por los combates en el este de la RDC, que se intensificaron a principios de este año, Kalirhe ve cómo se desvanece poco a poco el medio de vida que había construido.

“Viví refugiado en Mabula durante más de tres meses”, ha contado Kalirhe a este diario. “La cosecha ya había empezado en enero y normalmente termina en marzo. Durante más de dos meses, los granos de café permanecieron esparcidos por los campos”, agrega el hombre, padre de 12 hijos.

Karlihe dice que, después de que la mayoría de los residentes tuvieran que irse debido a la violencia, los pocos jóvenes que se quedaron en el pueblo se dedicaron a saquear y cosechar el café de las granjas abandonadas. Cuando él regresó, se encontró con que gran parte de la cosecha se había echado a perder. El terreno de su vecino, que era muy productivo, estaba cubierto de maleza. Y sus propios cafetos, sin haberlos podido cuidar durante la temporada más importante, estaban empezando a marchitarse.