En un momento del culto, Jacinta Nzilani, una mujer de 60 años, la persona más mayor de cuantas se han congregado hoy, se levanta y pide el micrófono. La mayoría de los presentes (los más veteranos ataviados con elegantes trajes de domingo, los jóvenes con ropa ancha y deportiva), la observan expectantes. “Yo vengo de un pueblo, que está en una zona rural muy remota, en donde ni siquiera tenemos agua. ¡Oh, creedme! ¡Allí la gente me odia! ¿Sabéis por qué? Porque soy lesbiana. Esa es la única razón que tienen. Yo sé lo que es pasar por eso. Pero, aun así, sé que Dios me ama”, comienza. La gente aplaude, se emociona y vuelve a guardar silencio para que Nzilani siga hablando: “Sé que vamos a encarar muchos problemas, tantos que ni siquiera puedo decirlos. Pero vamos a ser fuertes, vamos a amarnos. Por eso estamos aquí, para celebrar el amor de Dios”.
En realidad, una de las cosas que convierten en especial la historia de Nzilani es precisamente que quiera contarla en público. Lo hace gracias a la Cosmopolitan Affirming Church (CAC), una iglesia keniana que se inspira en las tradiciones religiosas cristianas y que da la bienvenida abiertamente a las personas LGTBIQ+. No es algo sencillo en un lugar como Kenia, una nación donde el código penal castiga “el sexo contra el orden natural” con penas de hasta 14 años de prisión” . Aunque lo cierto es que en la práctica no suele aplicarse esta ley, personas como Jacinta Nzilani sufren discriminación y violencia a menudo. “Yo estuve casada con un hombre. No me declaré lesbiana abiertamente hasta los 45 años. Desde entonces me han escupido, me han agredido sexualmente para saber qué me pasaba… He pasado muchas cosas horribles”, cuenta.






