Para darse una tregua del calor, Abdoulaye Ba se sienta en uno de los bancos que adornan la Cornisa Oeste de Dakar, a escasos metros del mar. En las últimas dos décadas, esta avenida costera donde al caer la tarde hacen deporte miles de jóvenes ha sido el símbolo del dinamismo de la construcción en la capital de Senegal. Decenas de edificios a medio terminar se levantan aquí y allá, desde el centro administrativo de Plateau hasta la zona de ocio nocturno de Almadies. Sin embargo, todas las obras están hoy paradas. Ba, al frente de una empresa familiar de ferralla, se lamenta. “Tenía 20 trabajadores y ahora están todos en sus casas de brazos cruzados. Y aquí ya sabes, la gente vive al día. Encima tengo una deuda que no sé cómo voy a pagar. Es el desastre”, comenta.

La pequeña compañía de este joven emprendedor es solo una de cientos que sufren hoy el parón de la construcción, todo un símbolo del frenazo a la otrora pujante economía del país. Y “deuda” es, precisamente, la palabra que desde hace meses emerge en todas las conversaciones, en todos los debates televisados, en los comentarios periodísticos. No en vano, la aparición de un mareante agujero de 6.000 millones de euros en sus cuentas públicas ha convertido a Senegal, oficialmente, en el país más endeudado de África, en concreto debe el 119% de su PIB, y ha provocado que su nota de solvencia haya descendido bruscamente hasta B-, a tan solo un paso del abismo de la suspensión de pagos.