Este Rayo no cambia. Su fabuloso ejercicio de introspección le da para conocerse y saber lo que tiene, también para limar sus defectos y exprimir sus virtudes. Esas que el año pasado le llevaron a la Conference y que en este le valieron para descoser en el alzamiento del telón de la Liga a un Girona que se perdió por el camino, falto de ideas y personalidad en defensa, tan torpe con la pelota como tibio con las ofensivas rivales. Obra y arte del punta De Frutos; obra y despropósito del meta Gazzaniga.
Lamentaba Míchel que en el curso anterior no pudo, o no supo, trabajar en verano porque primó el rendimiento al juego, exigido como estaba por la Champions y sus suculentas recompensas económicas. Se olvidó de los cimientos y, reconocía, cambiar el paso durante el año se le atragantó al Girona, al punto de que por momentos atendió al retrovisor, no fuera que el coco del descenso lo engullera. No fue así y durante esta pretemporada Míchel sí ha podido sentar las bases, volver al fútbol que le gusta, el que se explica con el balón entre los pies, con la posesión por bandera pero la verticalidad por imposición. Y así se mostró de inicio el equipo, feliz y cómodo con la pelota... Pero duró bien poco. Más que nada porque los titubeos se pagan caros.






