Hay cosas inmutables en la televisión de Alemania, programas inmunes al paso del tiempo y las modas, a los nuevos formatos y las revoluciones tecnológicas. Uno es Tatort, la serie policíaca que se emite los domingos desde 1970. El otro, los espectáculos de Schlager, más antiguos todavía. La palabra alemana designa los éxitos de la música popular que congregan desde hace décadas a multitudes de telespectadores y conectan con algo profundo en la sociedad alemana. ...
Los programas de Schlager producen en el televidente profano un efecto ambivalente. En ellos se escenifica algo que a la vez es de cartón piedra (“sentimientos de sustitución”, escribió el filósofo Theodor W. Adorno, crítico con el género) y muy real (un “momento de la sensación verdadera”, por usar palabras de otro escritor, Peter Handke, que ha tenido palabras de aprecio por los Schlager).
Los ingredientes son sencillos. Un escenario por el que desfilan los artistas, auténtico star system cuya popularidad, masiva en Alemania y los países germanoparlantes, es inversamente proporcional al total desconocimiento fuera de sus fronteras (Roland Kaiser, Heino, Helene Fischer, ¿les suena a alguien en el resto del mundo?). Una música alegre y sin pretensiones, con letras que puede evocar desde viajes a países exóticos (Que viva España era, en origen, un Schlager neerlandés) o, en su variante más folclórica, la nostalgia por la vida bucólica en los Alpes. En un 85% tratan de amor, según el libro Schlager (no traducido), del crítico literario Rainer Moritz.







