La economía europea está estancada. Crecer un 0,1%, como fue el caso de la zona euro en el segundo trimestre del año, o un 0,2% en el conjunto de la UE, según Eurostat, muestra una atonía que Europa no acaba de dejar atrás desde que Rusia invadió Ucrania, y que tropieza con obstáculos importantes cuando se empieza a levantar cabeza. El último: la guerra comercial empezada por Estados Unidos, de final todavía incierto. Esto también pasa porque ambas contiendas, la militar y la arancelaria, han pegado de lleno en el corazón de la principal economía de Europa, la de Alemania, y el gran motor de esta, su industria.

En las antípodas de esto y con un movimiento autónomo está España. Su economía sigue destacando muy por encima de la del resto de la UE. En el segundo trimestre, el PIB creció un 0,7%, siete veces más que la zona euro.

Las manufacturas germanas son la esencia de su economía. Sobre ellas, se asienta su fuerza exportadora. Pero esa una industria se asentaba en un pasado geopolítico, post Guerra Fría, que ya no existe. La pandemia y la invasión de Ucrania se lo llevaron por delante, y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, con la subida de aranceles, lo remataron. Esa geopolítica permitía a Alemania el acceso barato al gas ruso a un sector que consume energía en masa y exportar su maquinaria, su química y sus automóviles a Estados Unidos y China. Y como esto se ha evaporado, la industria alemana sigue fabricando por debajo de los niveles anteriores a la pandemia. El pasado junio, el índice productor se situaba en 90,2 puntos. Hay que bucear en las estadísticas hasta lo más profundo de la pandemia, octubre de 2020, para encontrar un dato más bajo.