Después de darle unas cuantas vueltas a la cabeza, encontré mi imperio romano asomando justo encima de mi tarro. ¿Teñirme o no teñirme? El dilema que ocupa mi cabeza, literalmente. Activista contra el edadismo, no tengo ningún inconveniente en informarles de que acabo de cumplir 47 años. Soy una señora y peino canas, como la inmensa mayoría, con la diferencia de que no me las tinto. Ahí están, bien visibles entre mi mel...
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ena, por lo general, muy oscura todavía. Pero no les voy a engañar, las canas son unas cuantas, incontables ya, se reproducen a diario. No las buscas y las ves. Con cada ducha desfilan unas cuantas y empiezan a poner entre las cuerdas mis principios.
Como casi todas la mujeres a partir de los treinta o incluso antes, todas mis amigas se tiñen cada cuatro semanas, alguna tiene la suerte de alargar el proceso hasta cinco y otras la pena de tenerlo que hacer cada tres. Tiempo y dinero extras gastados en la imagen propia. Y digo extra porque ya es mucho el que dedicamos las mujeres a nuestra imagen desde temprana edad, por gusto propio o impuesto. Ese es otro tema que no se acaba nunca. Entre el rebaño de teñidas, que sigue siendo masivo a pesar de que se hable en algunos artículos de que las mujeres se han liberado del tinte -igual que de la depilación, si las cuentas no llegan a cuatro-, encuentro en Instagram la cuenta @foreveryoungbcn detrás de la cual está Beatriz Patón. Su presentación: Luciendo canas. Comunidad de peliblancas.








