Con la portada de ‘Lux’, la cantante reabre un debate sobre el velo y todas las formas en las que las mujeres han cubierto su cabello a lo largo de la historia
Átame con tu cabello a la esquina de tu cama. Aunque el cabello se rompa, haré ver que estoy atada…, decía Rosalía en Di mi nombre, tema del álbum El mal querer (2018). Siete años después, la melena negra de gitana, de María Magdalena, de Cristo en la cruz, que se deslizaba cubriendo sus pechos en la portada del disco, se ha velado. Rosalía parece una monja, con su...
toca. Si entonces añadía: que lo malo sea bueno e impuro lo bendecí’o, en la portada de su nuevo trabajo, Lux, retoma esa idea mística, pero al contrario. El pelo ahora es un secreto. Algo oculto. Inquietante. Está presa en una camisa de fuerza. Y lo hace la semana que Portugal prohíbe el uso del niqab y el burka, dos prendas que cubren el cabello y el rostro de la mujer, salvo los ojos, en el espacio público.
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En su primer disco Los Ángeles, Rosalía cantaba su último deseo: Cuando yo me... me muera, te pi’o un encargo: que con tus trenzas, que trenzas de tu pelo negro, me ‘marren mis manos. Porque, para Rosalía, el pelo es el amor, la cadena que une a los amantes. Y no es la única que piensa así. De ahí, el peligro. En el poema bíblico del Cantar de los Cantares el amado le dice a la amada: Tu cabeza es como el (monte) Carmelo, y los cabellos de tu cabeza como la púrpura; el rey ha quedado prendido en tus trenzas. El cuerpo queda oculto para todo aquel que no es el amante, guardado por la ropa. Pero ¿y la cabeza? ¿A quién más podía atraer, indebidamente, la amada, con sus ojos, su nariz, su boca y su melena? ¿Cómo controlar sus movimientos, su ondear en torno al rostro y los senos? Con un velo. Porque el pelo era un orgullo y una posesión valiosa. Para hombres y mujeres.






