Vox está en el monte y el PP en Babia. Hace un año, Vox abandonó los gobiernos autonómicos y se lanzó a la política (todavía más) radical. Y le ha sentado bien. Casi dobla sus estimaciones de escaños en las encuestas, acercándose a los 50 diputados, y es el primer partido entre los jóvenes. Y los no tan jóvenes. Activar el miedo a la inmigración le ha funcionado, incluso con el partido inmerso en un estado de purgas continuas y en un mundo donde crece el rechazo a las políticas arancelarias de su padre político, Trump, que dañan de lleno a muchos votantes de Vox.
Lo que resulta un misterio es el seguidismo del PP. Es tentador para los partidos conservadores ofrecer una versión diluida de las propuestas antiinmigración de la ultraderecha, pero toda la evidencia disponible señala que eso es cavarse la tumba política. Como muestran los politólogos Antonia May y Christian Czymara, lo que consiguen los partidos tradicionales que intentan recuperar el apoyo de los votantes más nacionalistas con un discurso antiinmigración light es que la identidad nacional excluyente se coloque en el centro de la arena pública. Y, según las encuestas, desgraciadamente esta actitud intolerante, aunque sea de forma larvada, podría llegar a ser compartida por la mitad de la ciudadanía europea. Con lo que el beneficio para los populistas de derechas es mayúsculo. También el perjuicio para los demás y para las derechas (en teoría) no populistas.






