Marcelina Gómez cree que este verano es bueno, pero no tanto como otros en los seis años que lleva laborando como camarera en un restaurante japonés de Anaheim. La tarde del jueves había varias mesas vacías en el sitio, a escasos metros de Disneyland, el corazón turístico de esta ciudad al sur de Los Ángeles. “Se nota menos gente los fines de semana. El año pasado apenas nos dábamos abasto y este ni siquiera contrataron más meseros”, dice la salvadoreña de 51 años. Esta cree que el clima de temor desatado por las redadas de migración en la zona es en parte responsable del frenazo. En el área metropolitana de Los Ángeles hay múltiples negocios que han sentido el bache en el verano turístico de Estados Unidos.

La caída puede notarse en las filas de inmigración en los aeropuertos de Estados Unidos y en los puntos turísticos de todo el país. Donald Trump ha dado con sus políticas un duro golpe al apetito por visitar esta nación. Los extranjeros han preferido buscarse nuevos destinos para este verano, lo que ha provocado preocupación en algunos sectores y ha enfriado economías locales.

El bajón ha obligado a recortar ligeramente las previsiones anuales en la industria hotelera. “La incertidumbre y la inflación, junto con la dura competencia y el cambio de los patrones de viaje han provocado una menor demanda”, asegura Amanda Hite, la presidenta de STR, una firma de análisis del sector. El crecimiento en este ha caído un 0,6% anual gracias a la incertidumbre provocada por la guerra arancelaria de Trump. Los consumidores optan ahora por la cautela en el gasto. Además, ha caído el número de visitantes internacionales gracias a las medidas de America First impulsadas desde la Casa Blanca.