Hoy he sabido que en la casa de encima de mis difuntos tíos se ha instalado un youtuber. Tras averiguar su nombre, he visto algunos de sus vídeos. Menuda cascada de morralla y consumismo. El fulano ha convertido un piso acogedor en el cruce entre una concept store de Malasaña, un lupanar y un tanatorio. Ha tintado las ventanas (¿por qué?), ha tirado las paredes y ha puesto el dormitorio junto a todas las bajantes de los váteres y las cocinas.
No son de mi incumbencia las barrabasadas que haga este muchacho en su piso, pero entiendan mi sorpresa al ver cómo alguien se gasta un millón de euros en convertir oro en quincalla. Ese salón pronto será un cementerio de pizzas y cachimbas para jugar a la consola o hacer directos en un sillón supersónico.
En su canal, el tema es “mira cuánto me gasto”. Zapatillas de marca, gorras de marca, relojes de marca, sudaderas de marca. Atuendo “de barrio” hecho por y para pijos que venderían a su madre con tal de no tener que coger el transporte público. ¿Tienen ustedes en mente los diálogos populares de Miguel Delibes? Pues nada que ver. La miseria léxica del muchacho y sus amigos se podría guardar en una caja de cerillas. Ahí caben los bro, guay, literal, y todavía queda espacio para esa mala traducción que es “insano”. Insano por insane, o sea “loco”. El youtuber tiene casi un millón de seguidores. Un millón de almas viendo cómo este chico se pule el dinero en aberraciones textiles.






