No se ha hecho aún de día en las ruinas del campo de refugiados de Yabalia, en el norte de Gaza, pero Omar ya está despierto y piensa en una única cosa: cómo conseguirá en las próximas horas comida para su familia, compuesta por seis personas. “Todos los días son iguales. La angustia es qué comeremos, dónde lo conseguiré, cómo lo pagaremos”, explica este periodista palestino de 40 años, en una entrevista por WhatsApp en la que prefiere no dar su nombre verdadero.
Con el estómago vacío, o a lo sumo tras tomar un vaso de té sin azúcar, camina más de dos kilómetros para llegar a los mercados de la zona, si es que así puede llamarse a las hileras de personas que en improvisados tenderetes venden lo poco que tienen, o lo que han conseguido en los paquetes lanzados desde los vuelos humanitarios o en los frecuentes saqueos de los escasos camiones de ayuda humanitaria que entran en Gaza.
Omar se detiene en uno de los puestos. El vendedor ofrece arroz lanzado desde los aviones, fabricado en Estados Unidos para “alimentar a los niños hambrientos” y que tiene en el envase una mención avisando de que no se puede poner en venta porque es donado. Pero en agosto de 2025 en Gaza, este paquete de medio kilo vale 20 séqueles o cinco euros.








