Un bosque frondoso. Dos niños perdidos. Una casa con paredes de pan de jengibre, tejado de azucarillos y ventanales de azúcar templado. Un deseo: devorarla. Así se podría describir uno de los pasajes más populares de la historia de Hansel y Gretel. En el fondo de este cuento popular alemán, dos pilares: el deseo y la búsqueda. Los mismos pilares en los que se sustenta la trama del libro Pan de Jengibre de Helen Oyeyemi (recientemente traducido por María Belmonte para la editorial Acantilado). La novela narra la historia de una madre, Harriet Lee, y su hija, Perdita, de un lugar imaginario, Druhástrana, de un pastel de jengibre, cuya receta única es mágica, y de una amiga a quien buscar, Gretel Kercheval. Ingredientes todos ellos necesarios para dar respuesta a muchas de las preguntas y sucesos que la madre vivió a lo largo de su juventud.
La narración discurre en un entramado de pequeñas historias, como si fueran las capas de un bizcocho, donde lo real se confunde con la fantasía, un escenario imaginario, perfecto para poner sobre las cuerdas de la narrativa temas como la maternidad, la búsqueda de la identidad, los recuerdos, la familia… Y todo ello, con una buena dosis de ironía y ambigüedad. “Harriet creía que el pan de jengibre podía decirte cosas. No de manera explícita, claro —no con palabras, no con frases—. Pero si lo amasas con suficiente cuidado y horneas con la atención de alguien que espera una revelación, entonces quizás, solo quizás, el pan te cuente de dónde vienes. O a dónde deberías regresar”.






